miércoles, 10 de marzo de 2010

De los nombres de la sombra.


Antonio Saura: Rembrandt. (1073). Serigrafía.


Entre los conceptos metapsicológicos de la psicología analítica, hay uno que posee una significación mayor, y es el de sombra. Desde ya su sentido, y también su fonética, despierta toda una serie de resonancias afectivas, intelectuales y hasta sensoriales. Mueve a la memoria al recuerdo de experiencias vividas, no sin alguna inquietud. Por ello es que se hace referencia a toda una gama de fenómenos a los cuales se los puede denominar como simbólicos. Así en este término no hay claras delimitaciones y pareciera que remite a la imagen de algo que actúa y ejerce efectos, por esto es que resulta complicado darle una definición conceptual. Entonces, intentaremos acercarnos pausadamente y desde diferentes puntos de vista a fin de intentar aprehender algo de su presencia.




La palabra sombra deriva del latín umbra y lleva una alusión directa al fenómeno que se da por el influjo del sol, es decir con una vinculación ineludible a una fuente de luz. Así entre las múltiples definiciones físicas que le caben, se destacan las que la muestran como la proyección que un cuerpo arroja en el espacio en dirección opuesta a donde procede la luz o, también, como un cuerpo opaco que interfiere una fuente lumínica. Asimismo en la pintura es el color oscuro que se opone a los claros, posibilitando dar entonación y bulto a los objetos.


Pero también señala a cualidades más morales como ignorancia, mácula, defecto, falsedad, espectro de un muerto, una persona que sigue a otras por todas partes, la que impide que otra sobresalga o que se luzca. Es estar a la sombra, en referencia a lo carcelario.


Es decir, que en algunas de estas aproximaciones resaltan diferentes características, pero siempre las que hacen a lo oscuro, lugar donde no hay luz y en un juego dialéctico entre ellas. Pero también lo que es diferente, ambiguo, tenebroso, siniestro y lo que otorga espesor, lo que destaca rugosidad y da materialidad a los objetos y seres, su densidad. Lo que no veo y me sigue, lo ajeno. Un otro espacio de lo conocido, distinto de lo ideal y de las discriminaciones conceptuales y absolutas. La ambiguedad de las formas y que está siempre junto a las siluetas distinguidas, buscadas y sufridas de los cuerpos atravesados por su cosificación alienante.


Es lo que quisiera sacarme de encima, pero no puedo. Es el pecado, lo que atemoriza, es el espacio donde se alojan presencias peligrosas y desconocidas. Acechanza, no ver, corporeidad, sensorialidad de lo que me roza pero no veo, disvalor. Es la melancolía, la bilis negra, la noche, la aflicción del alma, la culpa, lo inferior y desagradable, el límite a mi ilusión yoica, el diablo, suicidio, gula compulsiva, traición, la mentira, la careta, el puñal oculto bajo el poncho. Es lo distinto y extraño, lo que no soporto.



Pero también lo que está en potencia, en germen, al amparo de la luz y de las inclemencias. Lo que va madurando y en un proceso de crecimiento. Son posibilidades no vividas ni desarrolladas, lo que no he integrado, y por lo tanto, nuevo. Lo que me puede hacer cambiar de orientación, lo que me sabotea y confronta en mi unilateralidad defensiva racionalista (o irracionalista). Es lo que hace que pueda dormir la siesta durante el día del trajín. Que esté bajo ese árbol preparando un asado. El descanso, lo que permite que baje la temperatura del cuerpo por tanto sol, donde la recuerdo a ella.


Es la reacción desbordante ante la injusticia, la sangre caliente, la palabra espontánea y vigorosa, la rotura de lo que oprime. Lo fascinante de lo ambiguo, del sentir que me lleva sin saber muy bien a donde, la piel de la serpiente. Lo arcaico, el hombre que siempre fui, pero que soy ahora. El hermano lobo con quien San Francisco de Asís entabló un fraternal coloquio y de alto vuelo. Lo que no se muy bien lo que soy. Picasso.


Así es que hemos señalado algunas de las características de la sombra y en que se puede percibir que contiene aspectos tanto negativos y nefastos como positivos y vitales. Que supone experienciar una presencia que es extraña y hasta hostil al yo, y en muchas ocasiones destructiva, pero también como aquello que da la oportunidad de iniciar un camino singular en el largo y difícil proceso de llegar a ser sí mismo.


Umbral de entrada al mundo de lo inconciente, que cuestiona las diferentes identificaciones narcicistas con que nos maquillamos, pero a su vez, con el gran peligro de ser devorado y perder los valores que la conciencia ha ido adquiriendo en su evolución, en tanto no de de una confrontación dialéctica y conciente entre ella y el yo. Solo en un encuentro dolorosamente soportado, en que se van perdiendo las ilusiones inflacionistas y megalómanas (o su otra cara: los sentimientos de inferioridad, el sentirse víctima), es posible establecer lo que Jung denomina como coniunctio, conjunción de opuestos que en un principio parecían inconciliables y en lucha desgarradora produciendo una disociación psíquica, con todas las expresiones de lo psicopatológico. La cura del alma es la circunstancia en que lo disgregado se reunifica por medio del símbolo o de la función trascendente. No es ya un entendimiento meramente intelectual de lo que hace el yo y lo que contiene la sombra y sus actividades, sino un aceptarse tal como se es, pero además, el poder convivir con esas presencias que pretenden la conciencia y que dan fuerzas al transitar por la vida, especialmente por su dinamismo arquetípico, base de las concepciones y valores de la conciencia y el yo.


El encuentro con la sombra revela al hombre humilde, ya que halla aquello que ubicaba proyectivamente en lo otros que actuaban como espejo de todo lo que no aceptaba de sí: la destructividad, la hostilidad, la maldad, la envidia, los celos, pero también la fortaleza que renueva, la posibilidad. Como la palabra griega pharmakón que significa veneno pero asimismo remedio que cura; así es la vivencia de la sombra; solo para valientes ( y solo para locos, como diría Hermann Hesse).







No hay comentarios:

Publicar un comentario