viernes, 5 de noviembre de 2010

Hacia la realización de sí mismo: la conjunción de los opuestos.


Figuras antagónicas, elementos contrapuestos; diferencia. Experiencia característica de los humanos en la constitución de su singularización. Conflicto y proceso difícil y largo en donde yo y lo otro cuestionan no solo aquello que uno cree ser sino que es el inicio para un trabajo de integración de facetas desconocidas y rechazadas del psiquismo y que conlleva un escuchar esas voces que se convierten en un llamado a un destino a cumplir, una vocación.
Proceso de individuación que se expresa por medio de símbolos y que por esto será necesaria la comprensión y asimilación conciente de todo ese sector psicológico desconocido. Pero la mayor dificultad será la de poder intentar unificar lo que en principio es antagónico y en donde lo masculino y lo femenino se manifiestan como el factor central del desarrollo de los hombres.
Así es que los símbolos del fuego y del agua
, tal como aparecen en la foto del inicio, adquieren una multiplicidad de sentidos, pero que en el hombre y en la mujer son de fundamental importancia para el logro de la personalidad.
Lo femenino y lo masculino de cada persona entablan una dialéctica energética y en que los sucesos y percances de cada cual otorgará un matiz específico a la tarea de llegar a la mismidad. Temores, angustias, fascinaciones, perdurabilidad de lo infantil, conforman un recorrido único y así cada logro y consolidación de las identificaciones son puestas en entredicho por la actividad de ese centro que está más allá del yo y que es el sí-mismo desplegándose hacia su realización. Labor que solo se lleva a cabo en tanto se tomen en cuenta los símbolos que se plasman en los sueños, en las visiones de la imaginación o en las relaciones afectivas con el sexo opuesto.
Cada parte irá en la búsqueda de lo otro. Lo que inflama, brilla, ilumina, separa, se acerca y aproxima a lo suave, blando y oscuro en un obrar no libre de dificultades, ya que así se inicia una discusión dialéctica del yo con los contenidos de lo inconciente colectivo, lo otro, lo diferente de su identidad sexual.
El varón será interrogado en los valores concientes que constituyen su persona y sus máscaras deberán atravesar el cuestionamiento, en tanto lo femenino del ánima comience a abrir cauces y a establecer puentes con el universo arquetípico. Lo sensible y sensorial, lo nocturno y lo débil, lo acuoso y lo emocional, van tomando forma a través de sus sueños y especialmente con las mujeres con las que se vincula, para empezar a comprender que allí se ubican partes de su personalidad que desconoce. La mujer, y desde su corporeidad, se acercará a lo contrasexual que se denomina animus.Trabajo de discusión conciente a través de distintas imagos que se encarnan en los varones de su interés como en los pensamientos y creencias que la guían en tanto principios directivos.
Así se entabla un largo y difícil sendero, en donde lo que se fue ganando en el descubrimiento de su identidad sexual, de su masculinidad o femineidad y con sus específicos y múltiples valores, comienza a interpenetrarse con un ámbito opuesto y distinto. La luz, el brillo de la palabra inspirada y conciente, la acción enérgica que lleva al sacrificio en los ritos de la inciación, se confronta con eso diferente y que es lo irracional e inconciente. A través del proceso de individuación fueron tomando forma las figuras arquetípicas, que solamente en un trabajo de asimilación e integración conciente comienzan a tomar cuerpo en un símbolo que abarca a esos antagonismos y unificando la personalidad. Cada parte pierde algo, pero emerge un tercero que los abarca y que es el sí-mismo, el núcleo central de la psique. Relativización de los conflictos por su conjunción.
Fuego que fecunda el agua del sentir y gesta a esa forma, tal como aparece en la foto. Pensar que penetra al sentimiento y donde ambos se modifican, vivenciando a su contrario. Agua que suaviza a la llama en la paradoja amorosa. Potencia del intelecto que llena de gérmenes vitales a la sustancia material. Sentido que otorga significado a las imágenes, que desde el ánima son expresadas por los sueños y la visiones.
Erotismo unificador de todos los planos de la existencia; trascendencia de lo inmediato de las alienaciones yoicas, en un abrazo del encontrar eso que da motivos para vivir.
Símbolos y fuerzas que conducen a la realización de sí mismo por un extenso transcurrir que hace a la concientización de lo que no se conocía ni se comprendía. Aligeramiento de la inercia de identificaciones y de relaciones con otros que se vuelven compulsivas.
Por ello es que la foto expresa tanto la unión que hace a los cuerpos, donde la sexualidad es principal y en donde el fuego, la luz, necesitan de algo que los solidifique, que los contenga y concretice. Solo así surge el centro de la psique, el selbst, llamado del destino para que desde su aceptación conciente se convierta en el motivo impulsor del existir.


lunes, 25 de octubre de 2010

El dios-iniciador de los varones: el fuego.



¿Por qué moderas el fuego de mi alma,
que se abrasa bajo el yugo de esta edad de bronce?
¿Por qué débiles corazones, querer sacarme
mi elemento de fuego, a mí que solo puedo vivir en el combate?

La vida no está dedicada a la muerte,
ni al letargo el dios que nos inflama.
El sublime genio que nos llegó del Éter
no nació para el yugo.

Hölderlin.




La fascinación del hombre por el fuego conforma sus orígenes ya que es generador principal de la cultura humana. Temor, éxtasis, ira, erotismo, son solo algunos de los aspectos que muestra cuando se lo interroga. Fuerza elemental del exterior pero también interna, del espíritu, y en que tal vez, ambos sean la expresión de una misma realidad unitaria.
Templado se convierte en lo que cocina a los alimentos, protege de las heladas y del frío, ilumina la nocturnidad. Pero también es quien desvasta con sus incendios o inflama la cólera de la destrucción. Así por sus cualidades contradictorias aparece como un factor constitutivo del psiquismo humano y especialmente de todo aquello que no es voluntariamente controlado y decidido. Es la luz de la conciencia que ilumina al yo, pero a su vez portador de fuerzas peligrosas.
Sus cualidades hacen a la vida, al desarrollo y a la curación, a la vez que a la muerte y hasta a lo demoníaco. Por ello es que se torna necesario ver más allá de estas facetas aisladas una de la otra, ya que de lo contrario no se puede comprender al movimiento de los ritmos de los hombres y del universo.
Diversas tradiciones han expresado esta idea a través del simbolismo de las diferentes manifestaciones del arte como la danza y que desde el Shiva hindú, pasando por el misterioso Dionisos y más cerca de nosotros, el dios bailarín de Nietzsche, han intentado captar algunos de los fundamentos del devenir. El baile, el fuego, el erotismo, la transformación y el cambio, toman forma en esa danza cósmica y que los diferentes símbolos intentan expresar.
Momentos de actividad, de inspiración en que pareciera que un dios nos habita y nos mueve, cuerpos que son atravesados por los ardores de la pasión erótica, ritos de pasaje de un momento existencial a otro y que, por lo tanto, se los vivencia como un morir y un renacer. Dolor y placer supremos que desde siempre el arte ha puesto en evidencia. Lo más espiritual pero lo más terrenal e inclusive infernal, pareciendo que se enlazan para hacer conocer los más distintos planos y aspectos del existir.
Dardo penetrante que inflama las más profundas aguas del alma en la pasión del éxtasis. Rayo que ilumina los gérmenes de lo creativo, lo que transforma lo crudo y lo hace humano, palabra que enciende o que eleva el pensamiento a la contemplación de la Verdad, pero también de la mentira.
Espíritu, aunque nunca desencarnado, flecha que atraviesa el cuerpo que brilla de rojiza amarillez en el abrazo fusionante. Puño que se eleva ante el rostro del malvado, pero donde se hace inteligencia de manipulación instrumental y rigidez en el enmascarmiento.
El yo y la conciencia se nutren de él aunque lo temen, huyen y lo niegan . Siempre retorna en los dolores del cuerpo y del alma haciéndose síntoma, ofreciéndose para preparar el difícil tránsito hacia el ser que cada uno es.
Encuentro con el sufrimiento que provoca, y saber que la transformación solamente ocurre en los hombres cuando se encara con esas fuerzas de dificultad. Formas que transitan por lo corporal y por lo psicológico, estructuras arquetípicas que se expresan y manifiestan en sus conductas, sentimientos y deseos y que hacen el encuentro con lo universal y lo cósmico.
Fuego que quema lo superfluo, como el dios Shiva y que como señor del crematorio purifica al yo de sus apegos y posesiones ilusorias y narcisistas. Danza que con su ritmo establece el movimiento que gira en el punto inmóvil y que enciende de deseo lujuriante a todos los seres. Pasaje ritual del dolor y de la transformación; de muerte y de renacer.
Ideas que nos asaltan, impetuosas y que nos fecundan, nos dan vida y ganas. Peligro de acercarse a esa llama que consume, pero que también nos conduce a los abismos del éxtasis del espíritu. Luz que abre la oscuridad del deseante cuerpo que te aprisiona con sus piernas y en colores de aroma naranja. Ciclo que emerge, palabra sonora y firme, meditativa, reflexiva, que estalla en el orgasmo. Hacha del dios araucano Pillán que se expande en mil sonoridades creando el universo. Soberbia sin límites de la confragación del egoísmo.
Así es que el fuego no solo hace a un elemento, sino que es imagen interna, psicológica, simbólica, y que constituye desde sus fundamentos a los hombres pero en especial al varón. Impetuosidad, logro, superación de la inconciencia nocturna, alturas del pensamiento y del desear, desobediencia, pero sin olvidar lo destructivo de la palabra hiriente y maligna. Ellos son aspectos de una realidad psicológica en sus múltiples facetas, paradójicas y ambiguas y que ponen en marcha el proceso de llegar a ser sí mismo.
Camino difícil y con múltiples obstáculos, de dolor, de angustias y por esto de transformación y renovación de la vida que no tolera lo rígido ni las detenciones temerosas a la vera del camino. Impulso que lleva la barca hacia la otra orilla del destino. Así quien se acerque al fuego comenzará a padecer problemas y ese es justamente el don mayor que otorga a los hombres.

martes, 12 de octubre de 2010

Pensamientos acerca de "La vírgen de las rocas".

Leonardo da Vinci: La virgen de las rocas, (1483-1493). Louvre, 198 cms. x 123 cms.



Las grandes obras de arte tienen la misteriosa propiedad de introducirnos a un espacio que es propio de lo numinoso y que es un extraño poder que se trasunta por medio del artista. La virgen de las rocas es una de las más bellas pinturas de Leonardo, comenzando su ejecución en el año de 1483 a partir de un contrato que firma con la Cofradía de la Concepción, en Milán, y entregándola en 1493. Es una de sus obras más misteriosas y se manifiesta como lugar de lo prístino, de símbolos que evocan la suavidad de la femineidad como la cueva, las rocas, la vegetación, en un ambiente de naturaleza animada. Claroscuros, penumbras y silencio, la pintura nos conduce a un espacio que es interior, al alma.
Fluencia perenne de la vida, pero transida de espíritu, y en este caso femenino; cueva de dioses paganos en donde el rostro del arcángel Uriel es semejante al que pintará posteriormente en el San Juan Bautista y que no deja de tener reminiscencias con el dios Baco.
Arquetipo de la Madre Divina que produce toda la floración. Cueva de la iniciación en donde los misterios que son singulares de la mujer son los rectores y que se expresan plásticamente en una tela, pero también se los encuentra y descubre en el interior del alma de los hombres, en lo hondo de su psique.
Desde lo profundo abarca todo un ámbito de experiencia y vivencia de lo femenino y donde ya no se refiere a lo elemental y pulsional, sino que adquiere las expresiones de la Sabiduría, de la Sophia, que no emerge por el trabajo intelectual conciente y metódico sino desde lo corporal, de lo imaginario y de la participación amorosa.
Femineidad de lo que principia y de lo que termina, que engendra a lo que nace y a lo que muere, sol naciente y sol poniente y que están en su corporeidad. Expresiones a partir de los niños San Juan Bautista y Jesús, pero asimismo del arcángel que
adquiere rasgos andróginos, siendo una cualidad de lo materno que abarca los diferentes opuestos.
Allí se penetra durante el soñar, desde donde surgen las visiones y los símbolos y en la extrañeza del pensar vigil. Continente para la renovación y la transformación, útero alquímico que disuelve pero que gesta nuevas formas a lo gastado.
Transito de quien siente caer sobre su cuerpo las palabras de la poesía en la inspiración; colores y sonidos que se tornan vivientes y electrificados por su sensorialidad aromática. Penumbra de lo que se va produciendo en un tiempo originario. Reconfiguración de los sentidos en la existencia significativa y en donde se pierden las urgencias del afuera amoroso y atrapante, para hallar ahí la fuente desde donde mana lo vital de tibieza lujuriante, embriagante de imágenes de onirismo transfigurador.
Distancia de lo más cercano, anhelo de lo que se reencuentra pero solo en el símbolo que toma forma desde la virgen. Cuerpos que renacen de otro cuerpo pero de luna, que brilla en ritmos de un aparecer y un desaparecer. Aunque para tener la posibilidad de aproximarnos a esa cueva, es preciso que se conviertan en experiencias sus manifestaciones, es decir en aquello que hace a los sueños, las fantasías y el calor del amor. El pensar lógico-instrumental aleja y hasta reprime ese lugar de diferencia.
Saberes del corazón, de esos que la razón no entiende. Origen del alma y que algunos llaman de la psyjé, cueva que está maravillosamente animada por figuras y presencias de misterio, pero también por lo femenino oscuro ligado al morir y a lo peligroso y que Leonardo lo representa a través de la mano izquierda de la virgen sobre la
cabeza del niño Jesús, y que tiene forma de garra. Hecho que recuerda la memoria del pintor cuando penetra durante su juventud en una cueva y ante el espectáculo de fósiles y formas misteriosas, no deja de maravillarse con profundos sentimientos de deseo y temor.
Vida y muerte, ascenso y descenso, son los movimientos de ese fluir de la naturaleza y que el artista decía que estaba transido por el espíritu, y en donde cuestiona un pensar ligado a lo masculino-patriarcal en que lo discursivo-lógico se convierte en criterio de verdad. En esa cueva se es y se está.

jueves, 7 de octubre de 2010

La fuente que mana: la inspiración.


Jean Auguste Ingres: La fuente (1856). Óleo sobre lienzo, 163 cms x 80 cms.


Agua que de una fuente brota de sustanciosa delicia, que refresca y rejuvenece como vida en su fluencia pero también como imágenes que desde su sensorialidad son la ocasión para experienciarlas con regocijo sensual. Materia extraña llena del espíritu del Eros que disuelve y recompone, que gesta pero que ahoga.
Símbolos que hacen que las circunstancias del mundo exterior, el de las leyes, comiencen a adquirir
significación cuando son el soporte de procesos simbólicos, llevando al territorio de la leyenda. Ahí es donde se da una conjunción entre lo externo y lo interno y en donde cada uno se necesita como complemento.
La fuente plasma una singular vivencia en que el agua
surgente es el símbolo a una experiencia que hace a todo un universo en vinculación con lo erótico, con lo femenino profundo. La pintura de Ingres que arriba presentamos pone de manera llamativa a la mujer y al cántaro como equivalentes con sus curvas, sinuosidades y ritmos. Imagen arcaica que puede seguirse hasta antiguas culturas tales como la egipcia, en donde la diosa Isis era representada como un cántaro o en las del México antiguo de manera similar.
Agua, mujer, fuente, pero también luna que quizá sea la que
contextualiza todo un ámbito que expresa lo femenino arquetípico. Manifestaciones que vivifican y que, como la fuente en su fluir, emergen sin el control conciente del yo. Son fragmentos de imágenes y sensaciones, son extrañas y se sienten en el cuerpo. Rompen con la lógica discursiva, fascinan y señalan a un espacio distinto del de la vida vigil.
En el simbolismo religioso la fuente sirvió para intentar acercarse a lo divino y a lo que se abre paso a través de visiones e imágenes. Se la entiende como
otra forma de sabiduría, ligada a lo lunar y con modos de funcionamiento diferente al del logos solar.
En las mujeres constituye el principio del
Eros, en los varones el ánima, que hace al soporte, al medio para que la conciencia perciba las imágenes y símbolos de lo inconciente. Puente y conducto de la fluencia arquetípica y que solo a través de ella es posible tener conciencia del mundo imaginal, ya que ella misma es imagen. Apertura a un mundo que se vivencia a través de ella. Inspiración pero cargada de corporeidad y que su brillo solo se percibe por la presencia de alguna mujer.
Saber sin saber, que se hace experiencia interior, mundo de símbolos y de imágenes, de intensidad en la intimidad de sonidos y colores, de aquello de lo que ya no se podrá dejar de oír en las visiones.
Agua que fertiliza la existencia, fuente de
juvencia por la que se inicia la travesía y la aventura, que se halla en el centro del paraíso o del alma o en algún lugar. Sabiduría del corazón que te baña y te disuelve en miles de goces floridos. La siempre esperada y siempre retornada, la que habla en los sueños y en el éxtasis del amor. La que, si la escuchas, vierte sus ánforas rebosantes de un líquido mortal-inmortal en tus sequedades.
Por esto es que el arte es un medio
privilegiado para dar forma a esas imágenes que nos ponen en contacto con lo arquetípico femenino, siendo la posibilidad para acercarse a eso primordial que da sentido y profundidad a la existencia. Tarea del artista es la de poder llegar al inicio y al fin.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Islas de paraíso.

Jean Auguste Dominique Ingres: La gran odalisca (1814). Óleo sobre lienzo, 91 cms. x 162 cms.







Islas del paraíso, formas que se deslizan con suaves pies hacia la centralidad de la paz y la redención, formas que al recorrerlas nos conducen por espacios que jamás habríamos soñado, de asombro, de temor, éxtasis, de plenitud. Arenas cálidas de donde surgen los manantiales, se expanden llenos de lujuria verde, rojo y violeta, extrañas aves que exhiben sin pudor sus plumas de brillante luz, mientras que en las rocas de mica plateada la luna ilumina en sus reflejos a una serpiente en ondulante discurrir erizando la piel de los insectos.
Isla que atrae todos nuestros viajes, todos nuestros anhelos, siempre al fin del horizonte rosado en un anochecer estrellado. Sosiego del pasar de la brisa, mientras mi nave abre las olas de salitre ardiente. Sol que bautiza las maderas antiguas sometiéndolas para que irradien el rojo calor de la pasión, de mis pies sintiendo tu aroma al caminar sobre tu cuerpo. Solos tu y yo en el encuentro del Todo, calma del sosiego en la detención del ritmo del pensamiento. Lo ondulante que en su curva se enrosca con la flecha audaz. Lo penetrante que alcanza esa amarilla luz. Pero también la noche que con su oscuridad acaricia ardientemente tu cuerpo bañado de palabras. Una vela alumbra la inmensidad, su llama la fecunda en un abrazo donde los amantes se entrelazan y hacen un océano al unirse la saliva de sus bocas en un beso mezclado de azul púrpura, gestando los diez mil seres. Te encuentro en el pasaje de todos los tiempos, es decir, te reencuentro y siempre novia. Te recorro y me aprisionas, te bebo y soy tu fuente, te miro y veo en el profundo abismo de mí mismo, me miras y me fundo en la brisa que desliza el caminar pausado de las estrellas por la brillante noche. Sabores recordados de frutas que disolviéndose en la boca, de la tierra que se convierte en rojo sangre pintando los árboles que son fecundados por los ancestros. Travesía marina de vientos que me despeinan las oscuras y profundas raíces de la vida. Lugar del renacer, de la luz apagada, de olor a sal que baña mi cuerpo y que lo descubro con el tuyo; que se siente. Amanecer de renovada luz, de la rosada joven que me humedece con un beso la boca mientras
me ofrece su camino donde mis pies se irizan de lechugas y hojas de plátano. Aves posadas en el mástil que con serena resolución dirigen el timón de mandala de mi embarcación.





































































La voluptuosidad como regeneración en una pintura de Jean Auguste Ingres.

Jean Auguste Ingres: El baño turco (1869). Óleo sobre tabla, 110 cms x 110 cms.



Lineas ondulantes, rítmicos movimientos, deseo y voluptuosidad, agua en un baño de erotismo subyugante. Lugar de lo extraño y en especial teniendo en cuenta que Jean Auguste Ingres (1780-1867) contaba con ochenta y dos años. Esta pintura a la que intentaremos acercarnos para comprenderla, es la realización de una búsqueda que comenzó muchos años antes cuando el artista era instigado por los motivos y formas que lo subyugaban desde sus inicios. Así con intención hermenéutica comenzaremos con sus posibles significaciones.

Lo que en principio resalta y llama la atención es la cantidad de mujeres que están en el baño turco, en donde casi no hay espacios libres entre ellas. Espejos, carne, desnudez, cabelleras, nos conducen a un universo de lo íntimo y de lo femenino, donde se capta a través de la sensorialidad la noción de paraíso, de entrada a una morada de la indiferenciación, de lo inconciente matricial.
Disolución a través de la voluptuosidad en que símbolos como el agua caracterizan a toda la escena. Momento de regresión al vientre primordial, a lo que diluye para renovar y que no está ajeno a la vida personal del pintor ya que supone un enfrentamiento con la vejez y, a la vez, cómo lo inconciente a través de los arquetipos confronta al hombre con imágenes que permiten concientizar y vivenciar lo que transforma y rejuvenece. Pérdida del vigor físico por el paso de los años que es compensado por los símbolos que expresan la mujeres y que hacen a un volver a los orígenes.

Pensando en un análisis más estructural, podemos decir que si bien las líneas son claras y precisas hay una tendencia a la acumulación de figuras que se multiplican y en un contacto corporal muy estrecho, acentuando lo fusional y viscoso, propios de lo que Gilbert Durand llama como Régimen de lo Nocturno. Simbología de lo femenino tanto en lo que hace a la indistinción como a la noción de baño que es la manifestación de un retorno al líquido amniótico materno, a un estado de voluptuosidad, de paz y de calma, donde el tiempo pareciera estar abolido, en un espacio de intimidad lujuriante y profundo.

La pintura es redonda y lo curvo y lo ondulante son sus manifestaciones más evidentes, constituyendo un lugar intrauterino, una isla de los placeres, una morada de la diosa. Mandala que en su centro se ubica el espacio sagrado del renacer y de lo incorruptible.
Así ante la cercanía de la muerte, Ingres dialoga con imágenes y fuerzas que son la ocasión para que el flujo de la vida siga su curso. Pero lo interesante es que para ello es necesario una detención, un ingreso en lo profundo, de una regresión que no pueriliza sino que renueva. Fuente y matriz, las personificaciones del ánima tal como se representan en la muchedumbre de mujeres, dan una forma a lo irracional, al Eros que desde la vejez y del término de la vida acerca a la infancia, pero de un modo simbólico. Recuerdo del
Jardín de las delicias de El Bosco donde se sexualiza la vida.

Laberinto femenino serpenteante, de ritmos y ondulaciones sensoriales, de carnalidad vital y deseante, de cuerpos lunares que rigen los períodos de la existencia. Descenso a lo inconciente donde hay un baño de calidez sensual, de un reencuentro con un olvido de sí, muy distinto del pensar instrumental abstracto y alienante. Serpiente que cambia su piel, que arrastra su vientre en sinuosidades de sentidos. Contracción, descubrimiento de una misma vuelta del día y de otra extraña luminosidad que hace brillar a la oscuridad. Tacto, manos que se posan sobre los cuerpos, muslos que gestan imágenes de colores y sonidos en los ojos de la piel. Espacio que no se pierde, que está y donde las sensaciones son su puerta de entrada. Cabelleras, velos que como ondas líquidas son matriz de pensamientos. Visiones musicales en que se pulsan las cuerdas de esos cuerpos de regeneración. Espera sosegada de eternidad sustanciosa.




viernes, 3 de septiembre de 2010

Una "vahine" como expresión de estados de angustia y depresión en Paul Gaugin.

Paul Gauguin: Manao Tupapau (El espíritu de los muertos la observa), 1892. Óleo sobre tela 73 x 92 cms.


Paul Gauguin (1848-1903) deja su tierra natal, Francia, para iniciar una nueva forma de vida en el año 1891 en la islas de la polinesia, Tahití y las Marquesas. Su meta era la de encontrar vivencias renovadoras, prístinas y a las cuales podría caber el nombre de originarias por su primitivismo, alejadas de una civilización que destruye la naturaleza, culturas y hombres que no pertenecen a su forma "avanzada" de vida y en especial lo que hacía a todo lo que pudiera asimilarse al mercado capitalista. Su búsqueda significaba un camino hacia su más peculiar y singular manera de hacer y entender el arte.
Pero sus deseos tuvieron que confrontarse con la realidad de la situación en que vivían esas colonias francesas y ahí es que comienzan a surgir algunas dificultades, tanto en lo personal como en su inserción comunitaria. Depresiones, temores, angustias, procesos judiciales y hasta un intento de suicidio (1898), dan la ocasión de intentar un acercamiento a una de sus más bellas pinturas:
El espíritu de los muertos vela o El espectro la observa. (1892). Allí se ve a una joven de piel marrón recostada en una pose sensual y desnuda sobre una cama, con expresión de terror en su rostro y en su cuerpo, tanto que pareciera que está paralizada. Mientras tanto un Manao Tupupau o espíritu de la muerte la observa.
Gauguin intentaba hallar en esas jóvenes o
vahines de la polinesia una femineidad anterior a la caída, según el mito bíblico. Sus cuerpos relucientes con colores de la tierra que trasuntan la libertad sexual, le permitían pensar que podían ser su acceso a aquel momento perdido. Pero la obra que pinta no da la posibilidad de entender esto, ya que la misma expresa un estado anímico problemático.
En las islas, los mitos del lugar estaban desapareciendo, pero aún había una presencia intensa de los
tupapaus, es decir de esos espectros de la muerte cuya fisonomía los representaba con ojos brillantes y grandes colmillos y a los cuales los nativos reverenciaban con sumo temor. Gauguin retoma este tema en la pintura que se expone, encontrando algunos críticos una confrontación con la Olimpia de Manet y especialmente con unos dibujos que en 1884 había hecho de su hija Aline, en donde la niña duerme mientras que un fantasma con el rostro de su padre se le aparece. Esto no deja de llamar la atención que la modelo que es representada tenía la misma edad de su hija, trece años, y que es muy posible que hayan convivido.
Búsqueda del paraíso, pero la pintura muestra miedo y angustia, siendo estas algunas de las emociones junto con la depresión a veces muy intensa, que el artista sufría. Ahora bien, estos estados anímicos son las expresiones de lo femenino inconciente en el varón y de lo que en psicología analítica se le da el nombre de
ánima y que cumple la función de hacer de puente, de mediadora entre la conciencia y lo inconciente arquetípico. Es la que presenta lo imaginario y la vida simbólica más allá del logos racionalista, y por lo tanto, jugando un papel muy importante en la vida y en la obra del pintor.
Pero en el caso particular de la pintura que se está tratando, pareciera que el temor domina a esa joven, a lo femenino, y de manera explícita hace referencia al espectro de la muerte que está a sus pies. Hay que señalar que las relaciones de Gauguin con las mujeres eran ambivalentes, en donde había una cierta fascinación pero a su vez las temía y hasta las desechaba facilmente casi como objetos de uso. Esta particular forma de tratarlas se manifiesta en la muchacha y de manera clara en el
Tupapau que la asusta y que entendemos expresa la sombra del pintor.
Para poder comprender mejor hay que recordar que el pintor ya había dibujado a su hija, que era muy amada por él y que poseía el mismo nombre que su madre,
Aline. Esta circunstancia, pensando que la edad de la modelo era igual que la de su hija, no deja de hacer pensar en una situación de tipo incestuosa y por ello se convertían en un acercamiento a un paraíso perdido y a reencontrar.
Las islas de la polinesia se transforman en la búsqueda de un sitio sin falta, de salud, de paz y de la abundancia, felicidad, de realización de sus sueños más profundos y que quizá lo halló en el propio estilo de arte que determinó su vida. Pero la distancia con ese universo interior se hizo sentir y de manera especial en los estados depresivos y de angustia que lo atormentaron y que son evidentes en la pintura que tratamos y en donde lo femenino-ánima se presenta atrapado por el demonio de la muerte y que también es un arquetipo que opera en la psíque del pintor. La relación con el ánima pareciera que no se profunidza, que no se asimila y no se convierte en un puente entre el yo y lo inconciente, sino en un dominio de uno sobre el otro y que son expresión de esos estados afectivos de los cuales se quejaba Gauguin.
El ánima no puede desplegar su autonomía imaginativa sino que se halla en una situación de control, de sometimiento y hasta de uso por aquello que representa el
tupapau y que contamina su actividad. Así la manifestación de angustias, miedos y depresiones ya que el vínculo con aquella se da en tanto sirva a los propósitos estéticos del artista. Ella es la que otorga vida y espontaneidad y que es imagen pero solo en tanto se le reconozca su autonomía, distinta del yo y en una interacción dialéctica sin opresiones de una parte sobre la otra. Artista-tupapau que avasalla al ánima.
La búsqueda de un paraíso hace a su necesidad de encontrar un universo estético que en parte restaure esa pérdida y que se expresaba proyectivamente sobre su hija-madre Aline y en la joven que es retratada y en toda la situación que comprendía su viaje e instalación en las islas de la polinesia. Así el
ánima es el medio y la forma que adquiere la interioridad, la que expresa esas extraordinarias imágenes con la viveza y sensorialidad de esos colores únicos. El problema comienza cuando se pretende encontrarla en las relaciones humanas ya que se confunden entonces los ámbitos internos y los externos. Su anhelo de arribar a una vivencia de lo originario, de lo prístino y puro de los cuerpos, a un estado de inocencia anterior a las distinciones de pecado y de culpa, de revivir los mitos del lugar, hacen a las experiencias de encontrarse con el ánima, pero también con las situaciones problemáticas que surgieron con las autoridades coloniales francesas de las islas y en las cuales combatía aspectos que eran propios del pintor y tal vez sean simbolizados por el tupapau. Anhelo de un paraíso que indican los cuerpos de las jóvenes pero que a su vez remiten a su hija-madre Aline.
Necesidad de superar esas pérdidas y también de intentar dominarlas y controlarlas, pero que el existir muestra que solo se convierten en experiencias en tanto se les de su independencia, que se las "suelte" y pasen a cumplir la función que caracteriza al
ánima y que es la inspirar, imaginar desde la interioridad, desarrollando todo un universo psicológico de vida y de sentido.